Bola de Nieve (1911-1971)

Mi padre me llevaba de la mano. Caminábamos por la popular Calle Maceo de la ciudad de Camagüey, donde yo había nacido unos cinco años atrás. Ibamos camino al Ten Cent. Me encantaba el caballito al cual le echabas cinco centavos y te pasabas un rato encaramado imaginando un galope por la sabana de Cascorro. Después comeríamos «fritas» (una especie de hamburguesa cubana pequeña, con un sabor muy especial), con papitas romanas y un jugo de melón sandía. Era una de las últimas veces que saborearía aquel manjar. Pero nadie lo sabía.

La calle Maceo es escueta como un haikú. Ahora es peatonal, pero entonces pasaban los autos. En la acera de enfrente estaba y está el Grand Hotel, junto a su puerta principal, recostado a la pared de la izquierda, firme como una estaca, estaba -está todavía en mi memoria- un hombre negro, regordete, con un sombrero bombín y un bastón o un paraguas, enfundado en un traje con chaleco, color negro.

Mi papá me dijo, «mira niño, ve y saluda a ese señor, es un artista famoso que se llama Bola de Nieve». Yo, obediente, fui y le extendí mi pequeña mano al señor que se inclinó sonrió y me tendió la suya. (Todavía me pregunto ¿adónde iría a esa hora de la mañana tan emperifollado el señor Bola de Nieve?). En ese instante, en ese justo microsegundo, hubo un click que me convirtió en fanático de la bohemia, de esa voz trasnochada y de esas canciones donde el amor total y el desamor adquirieron nuevos universos.

Alguna vez entré a aquel hotel apenas para pedir en el bar un vaso de agua. Regresé y pude dormir en él cuando estudiaba en Moscú, y en las vacaciones de 1982, Nicolás Guillén cumplió 80 años. Entonces el poeta Eliseo Diego, el escritor Onelio Jorge Cardoso y el escritor y periodista Joaquín G. Santana, a la sazón secretario de Relaciones Públicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que presidía Nicolás Guillen, me invitaron a formar parte de la comitiva por los festejos del poeta en su y mi natal Camaguey. Cuando entré al hotel miré a mi costado a ver si aquel señor que tenía una de las más rotundas sonrisas del mundo estaba todavía allí.

Más nunca vi a Bola de Nieve, sino en pietajes de documentales, en programas de televisión, en carátulas de discos de pasta y luego de Cd’s y en canciones que son para todos los tiempos, hasta el postreggaetón. Porque las decía con vida.

“Ay amor,/ si te llevas mi alma/ llévate de mí también el dolor,/ lleva en ti todo mi desconsuelo/ y también mi canción de sufrir./ Ay amor, si me dejas la vida/ déjame también el alma sentir;/ si solo queda en mí/ dolor y vida/ ay amor, no me dejes vivir”, cantaba Bola y Pedro Almodóvar iba a usar ese fragmento para cerrar su nueva obra. Pero un perro que se negó a cooperar en el rodaje de su cortometraje «La Voz Humana», con Tilda Swinton, le impidió.

Según contó el propio Almodóvar a El País: “La verdad es que la canción le iba muy bien al personaje, pero como con el perro no había manera, improvisé sobre la marcha un texto nuevo que le ha dado otro sentido al final de la película y a la relación de ella con el animal. Eso sí, me quedé sin Bola de Nieve”.

Yo me quedé sin el caballito del Ten Cent de Camaguey y sin aquella conjunción de sabores que hacían las fritas, las papas romanas y el jugo de sandías. En el 2001, Nancy y Malo me llevaron al Palacio de las Fritas en la calle 8 de Miami. De pronto, en un golpe de tiempo y sustancias, recuperé un sabor perdido en 1966.

Eso sí, me quedé con Bola de Nieve.

 

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