"Se nos rompió el amor, de tanto usarlo" (Foto: Alfonso Quiñones)

Jumitus salió a escena, se sentó al piano y comenzó a enseñar algunos compases de ciertos temas, ofreciendo tacto a pétalos de gardenias, rosas, calándulas, lavandas o gerberas. Jaime Calabuch (que ese es su nombre real) es un piano man, un jardinero de la música, un obrero de la melodía y del ritmo, y de los más honestos instrumentistas que he visto jamás en escena. Su humildad lo ha convertido en el Sancho Panza de ese Quijote laberíntico, intenso y gozón que es Diego El Cigala, el gitano que hace lo que le da su realísima gana con cualquier género, con cualquier canción… y le queda bien.

El concierto de viernes y sábado en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, producido por César Suárez Jr., califica como el primer concierto en la escena teatral, en vivo, de un artista de la estatura del gitano, desde que comenzó la pandemia. Pero no es solo por eso que es memorable, sino por el arsenal de emociones que fue capaz de provocar en un público variopinto, ávido del reencuentro y entrenado en la dramaturgia de telenovela que son los bolerones, las baladas, los tangos y las rancheras a que nos ha ido acostumbrando Cigala, disco tras disco.

En el escenario minimalismo puro, solo luces

«Te quiero invitar a casa (en Punta Cana) para que escuches algunas cosas de mi nueva producción», dijo a quien suscribe en su camerino.

En ese laboratorio escuché antes las primeras grabaciones del disco de salsa Indestructible (2016) y luego algo de su Cigala canta a México (2020).

Ahora entró a escena, siempre elegante, impecable, se acomodó en la butaca y arrancó: «Te quiero vida mía, te quiero noche y día», en un Te quiero, te quiero que se escribió Nino Bravo allá por los 60. Al lado del artista hay un set con bongóes que lo llaman por su nombre y él mira de vez en vez y se atreve. Y con la voz rasgada dice «porque te quiero, te quiero, te quiero…», a veces da palmaditas, como quien dice aqui falta algo. Pero Jumitus es suficiente, que el solo es una orquesta.

Jaime Calabuch, «Jumitus», un pianista fuera de serie (Foto: Alfonso Quiñones)

«Muy buenas noches mi querida Dominicana, tierra que me ha brindado todo desde el primer dia que llegué a esta tierra», expresó como agradecimiento al público que colmó los asientos que podían ser vendidos como parte del protocolo sanitario.

Los acordes de Jumitus Si tu supieras. Canta y toca los bongoes y le acompañan palmadas del publico y drama -ese drama sincero del piano. Y la improvisacion maravillosa que recuerda a la gran pianista cubana Enriqueta Almanzar. No hace falta escenografia porque basta ahora el tumbao heredado también del Bebo Valdés. Y esos bongoes profesionalmente tocados de verdad, que definen Arrepentida, de Julio César Villafuerte.

Jumitus y Cigala, saludan al público (Foto: Alfonso Quiñones)

Después de los aplausos, oscuridad para ambiente intimo en el teatro y un «Cómo fue, / no se decirte como fue…» (Cómo fue, de Ernesto Duarte Brito), que siempre nos remite a Benny Moré. Poco a poco va tomando luz en el teatro, hasta que el piano y la voz son cómplices absolutos.

Cigala cantó y tocó bongoes (Foto: Alfonso Quiñones)

Más aplausos y mientras tanto se hablan Cigala y Jumitus, esta no, vamos a hacer tal. Y se canta Veinte años, de la inolvidable trovadora Maria Teresa Vera. Y ya aquí, Cigala se entrega con unos bongoes tocados como el que mejor.

Cambia luego a homenajear a Roberto Carlos. Luego hace de Bobby Capó Corazón Loco, del primer disco que hizo con Bebo. Por momentos, Jumitus asume algo de esa tragedia del Piazzola de Adiós Nonino. Cigala, a mitad rumbeó con El ratón (que popularizara Cheo Feliciano y que él revisitara en Indestructible) y volvió al bongó para empatar otra vez Corazón loco.

Diego el Cigala se atreve con diversos géneros musicales (Foto: Alfonso Quiñones)

A esas alturas salieron a proscenio él y Jumitus a saludar, casi despedida. Algo que ocurrió varias veces a lo largo del concierto.

Luego regresaron ambos a sus asientos y Jumitus tecleó de nuevo en el universo de Roberto Carlos para decir todo lo que dice Cóncavo y convexo.

La noche fue de aplausos y ovaciones, y si hubiese sido de toros, le hubiesen tocado rabo y orejas más de una vez al Cigala.

Jumitus y Cigala, saludan al público (Foto: Alfonso Quiñones)

Así que volvió a la carga ahora con Lágrimas negras, el clásico de de Matamoros. Con el piano que es una orquesta en una descarga sabrosísima de bongoes y teclas, y ovación incluida.

Cigala y Jumitus salen a proscenio, regresan a sus sitios y hacen El dia que me quieras, de Le Pera y Gardel. La noche siguió con Historia de un amor, ese clásico de Carlos Eleta Almarán, siempre aplausos, siempre bravos, los primeros de ellos de Julio Sabala, quien esta vez llevó a su padre don Carlos de 93 años y en camerino cantó a duo con el español La Bien Pagá.

Y en esa búsqueda de un final, el piano abrió camino para Soledad, joya de Chavela Vargas. Uno de los temas mas llenos de bruma y dolor, de la pulpa del desconsuelo. Cigala empató con Si a veces hablo de ti, del gran Manuel Alejandro y entonces retornó al tema original Soledad, para cerrar esa especie de suite dolorosa muy aplaudida y algunos de pie.

Diego el Cigala se atreve con diversos géneros musicales (Foto: Alfonso Quiñones)

Una vez más Cigala hizo mutis y cuando regresó al escenario, lo hizo para otra joya de Manuel Alejandro; Se nos rompió el amor. Aplausos, mutis nuevamente y en el regreso cantó La Bien Pagá, de Juan Mostazo y Ramon Perelló.

Ese fue un final que ya parecía definitivo, pero otra vez fue falso, hasta que pusieron Dos gardenias, de la siempre necesaria Isolina Carrillo, en el último encore.

«¿Qué te pareció?», preguntó el artista en camerino a este humilde periodista. «Sin desperdicios», respondí.

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