Alfredo Bryce Echenique, visto por el lente de Carolina Ugarte (cortesía)

Este 10 de marzo ha muerto Alfredo Bryce Echenique, en Lima, capital del Perú, adonde regresó a vivir después de aquellas acusaciones de plagio de artículos periodísticos que mellaron –claro que sí- su reputación.

En París había estudiado de joven y había sido profesor en la Sorbona, luego en las de Nantes, Vincennes-Saint-Denis y finalmente en la Paul Valery, de Montpellier, época que recordaba agradablemente.

Murió convencido de que la novela seguía siendo un género de mucho interés en las nuevas generaciones.

Era un hombre de mirada triste. En los últimos años parece que padecía de Parkinson, al menos en uno de los últimos videos se le ve temblar la mano izquierda a la altura del mentón. Entonces ya su voz era como mordida, entre dientes, un poco más opaca que antes.

Su voz de escritor, en embargo, esa que no envejece ni se enferma, la de las novelas, era una voz cercana, íntima, animada y melódica, como un vals peruano, y chispeante a veces. En sus obras había una poética donde se daban la mano la nostalgia con la ironía y la ternura con la melancolía, como si representase en un mosaico prístino, parte de la sociedad peruana.

Un mundo para Julius, su novela más importante, fue publicada en 1970, y 56 años después envejece bien. Siendo uno de los retratos más creíbles de la clase alta peruana dibujado narrativamente, la novela es además de un clásico de la literatura peruana e hispanoamericana, un referente sobre la atmósfera social de nichos del siglo XX en uno de los países cada vez más importantes en el concierto hispanoamericano.

«Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto». Ese es el primer párrafo real de la novela suya que más éxito le dio y seguramente más dinero.

Su original había sido depositado en noviembre del año pasado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.

Bryce Echenique fue de los escritores que visitó la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo hace unos años y tuve la oportunidad de conversar con él. Pocos después fue la andanada de denuncias de plagio.

El final de Un mundo para Julius es tal vez el cierre de un largo paréntesis, un poco anunciador de cómo sería su propio final: «Pero entre el alivio enorme que sintió y el sueño que ya vendría con las horas, quedaba un vacío grande, hondo, oscuro… Y Julius no tuvo más remedio que llenarlo con un llanto largo y silencioso, llenecito de preguntas, eso sí».

¿Al final, Bryce Echenique se habrá preguntado algo? Dios lo acoja en la Gloria.

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