Los ‘urbanos’

Asi visten las urbanas en el Japón

SANTO DOMINGO. Los ‘urbanos’ andan con los pantalones por debajo de los calzoncillos, las gorras con las viseras al costado y t-shirts estrafalarios. Parecen murales andantes, con los brazos llenos de tatuajes. Hablan mal y saludan o posan con señas que parecen pertenecer no al lenguaje de los sordos e hipoacústicos, sino a bandas barriales.

Un buen día descubrieron la computadora, y otro el Internet, y se apropiaron de los medios de producción para inventarse un sonido diferente, basado sobre todo en el ritmo, pegajoso y liberal, tan extremista como una sinfonía, adecuado a sus códigos sonoros y a sus ganas de ‘cronicar’ la realidad que les rodea. Porque esa realidad no la ven en ninguna otra música.

Esa combinación coherente de sonidos y silencios, que no gusta a tantos, la convirtieron en algo con que poder buscarse el sustento, y salir del cinturón de pobreza que permite que en el medio que les rodea pululen violencia en todas sus variantes, drogas y narcotráfico.

Los ‘urbanos’ son irreverentes, dicen malas palabras, riman sol con amol, faltan el respeto a personas de gran valía moral, y posiblemente algunos de ellos consuman algo más que bebidas alcohólicas. Como también consumen, seguramente, músicos de otros géneros, deportistas, empresarios, cocineros, publicistas, arquitectos e ingenieros, entre otros. Algunos ‘urbanos’, los menos, han pasado algún que otro período detrás de las rejas.

Los ‘urbanos’ no son santos. No son santos de devoción de muchos. Pero muchos los utilizan para sus fines. Tanto políticos como empresarios los han utilizado en sus campañas.

Una compradora “urbana”, a la moda.

 

Por estos tiempos, la cultura se entiende como un entramado de significados en un acto de comunicación, objetivos y subjetivos, entre los procesos mentales que crean los significados y un medio ambiente o contexto significativo. Visto así, lo ‘urbano’ es parte de nuestra cultura.

Sí, son una realidad. Están ahí. Y no son ellos precisamente el veneno de la sociedad. Un análisis sociológico de la realidad arrojaría enseguida otros culpables. No se les puede borrar ni con una ley ni con un decreto. ¿Por qué entonces no acompañarlos a crecer y ser mejores?

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