MIAMI. En Shoplifters, película ganadora por unanimidad de la Palma de Oro del festival de Cannes 2018, su director Hirokazu Kore-Eda rompe con la concepción tradicional de la familia para encontrar un nuevo significado en la arquitectura hermética de la cultura japonesa. La familia Shibata está conformada por la abuela (Kirin Kiki), la esposa Osamu (Lily Franky), que trabaja en una lavandería y Nobuyo (Sakura Ando), quien está trabajando en el área de construcción. La más joven, (Aki Mayi Matsuoka) se desnuda delante de un cristal para otros hombres.

Y finalmente en la fase final de la pubertad, esta Shota (Jyo Kairi), que siempre va de la mano con Osamu, figura paterna para ciertas incursiones. Ambos han desarrollado habilidad tanto en los supermercados grandes como las tiendas más pequeñas para robar lo que sea. Pero, ¿hay alguna relación entre ellos? Por momentos me sentí un poco confundido, asi cómo se sintió la no muy comunicativa niña Yuri (Miyu Sasaki) después de que se encontró una noche bajo la lluvia, sola y triste afuera de su casa, llena de cicatrices en sus brazos.

Aunque Yuri falta desaparece, incluso aparece en la televisión, pero a los ladrones de tiendas le interesa el secuestro sin rescate no como un acto criminal, sino como una definición de familia funcional.

En Shoplifters, vemos lo que es una yuxtaposición de lógica económica y familiar: padre e hijo roban comida, la abuela visita regularmente a la familia de su difunto esposo fallecido, quien le da dinero de una conciencia culpable, y todos van a trabajar para poder sobrevivir. Por supuesto, vale la pena preservar el trabajo porque es lo único seguro que tienen.


Hirokazu Kore-Eda nos invita a examinar la vida cotidiana de la familia, centrándose en los personajes, cada uno por turno. Pero el rigor formal de la puesta en escena nos mantiene a distancia durante largos minutos, impidiendo que la emoción nos llegue. El cineasta se destaca cuando coloca su cámara a 50 centímetros del suelo, como Yasujiro Ozu, quien usó esta técnica para acercarnos a la sociedad japonesa que describió, viviendo cerca del suelo. Logra acercarnos a sus protagonistas cultivando su arte de plano fijo impecablemente compuesto e iluminado. Todo esto es técnicamente irreprochable, pero lleva tiempo concentrarse en las personas y su rutina, la que se supone que debemos seguir por dos horas.

Shoplifters no está desprovista de encanto y cuando este funciona, debemos admitir que es bastante bueno. Creemos en estos simples momentos de la vida capturados con sinceridad. En la playa, por ejemplo, luego del regreso del deseo sexual entre los padres de un día de verano sudoroso, antes de ser interrumpido por el regreso de los niños, vemos donde radica el mayor valor de esta puesta en escena.

Sorprendidos por un robo que sale mal, la última parte de la película ofrece muchas revelaciones, lo que nos empujará a dar un nuevo vistazo a la familia y su funcionamiento. La historia se endurece, incluso oscurece, pero la escritura y el estilo utilizados son efectivos y terminan convenciéndonos por completo. Un personaje revela todo, y el espectador va descubriendo todo en su momento. Sin duda, hubiéramos sido más indulgentes con un joven cineasta o un cineasta aún no tan cómodamente instalado en el panorama cinematográfico japonés e internacional. Esto es necesariamente menos bueno cuando se llama Hirokazu Kore-Eda, lo que resulta en una sorpresa aturdida que no nos conmociona. 

Shoplifters está teñida de amargura, enfatizando la dificultad de la reconstruida familia y la incapacidad de expresar sentimientos. No es fácil decir lo menos, porque sentimos que el cineasta tiene un dominio de cada toma y su enfoque es sincero, como siempre.

Después de las preguntas sobre sus propios hijos de Nobody Knows (2004), los niños del divorcio en I Wish (2011), los confundidos después de los hijos biológicos en Like Father, Like Son (2013) y las medias hermanas de Little Sister (2015), Shoplifters es la reelaboración quizás más radical de la familia de Kore-Eda, e incluso a un nivel socio crítico, es una película un tanto más personal.

Los fuegos artificiales y la imagen ingenua de un niño, juntos, resumen esta película, que destruye la imagen de la familia para crear una nueva definición.

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Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.