MIAMI. A veces, como parte de una estrategia de ventas, el nombre de un autor puede ser una fuente de emoción para el público. En el caso de Jurassic World: Fallen Kingdom, el segundo opus de una trilogía comenzó con Colin Trevorrow en los controles, este último dejó su lugar inicial para permanecer en el área como escritor y productor ejecutivo.

Crear un gran escenario, precisamente, es la gran tarea de esta película. Desde que Steven Spielberg lanzó la primera y la aún mejor película de la serie Jurassic Park en 1993, ninguna de las continuaciones ha conseguido rescatar la inventiva visual y la intensidad establecida por el cineasta (ni siquiera su propio The Lost World). Esto se debe en buena parte a las limitaciones de los directores que siguieron, Joe Johnston y Colin Trevorrow, que incluso, siendo capaces de crear buenas secuencias de acción, no tenían una mirada estética más apurada.

Así, este nuevo Jurassic World ya comienza con la ventaja de ser comandado por el español JA Bayona, cuyo excelente El Orfanato revela una inspiración ideal al reconocer que, en su esencia, esta franquicia no pertenece al género “aventura” o ” ficción científica “, si no al más auténtico “terror”.

Con una introducción que rescata al célebre Dr. Ian Malcolm (Goldblum), figura esencial en los dos primeros capítulos, el guión firmado por Trevorrow y Derek Connolly trae al matemático, exponiendo ante un comité del Congreso norteamericano encargado de decidir si el país ofrecerá o no recursos para el rescate de los dinosaurios que habitan la infame Isla Nublar, cuyo volcán se volvió activo y se encuentra a punto de destruir toda la fauna de la isla.

Obviamente, contrario a la idea, Malcolm termina convenciendo a los políticos, lo que provoca frustración en Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), que, después de casi ser devorada en la película anterior, ahora se ha convertido en una activista por los derechos de los animales. Es entonces que el multimillonario Benjamin Lockwood (James Cromwell), antiguo socio de John Hammond (el creador del parque), se ofrece para pagar la expedición, que para tener éxito, debe involucrar también al antiguo entrenador de los velociraptors, Owen Grady (Chris Pratt).

Si la trama parece no tener mucho sentido, es porque realmente no lo hace. Por otro lado, al menos esta vez, los guionistas no tratan de convencernos de que los turistas se arriesgan a visitar el parque una vez más.

No es que la premisa de Fallen Kingdom sea su único problema, su guión trae a los villanos habituales del cine hollywoodiano post-2008: los capitalistas que, hipnotizados por la posibilidad de ganancias y poder, cruzan cualquier límite ético, mostrándose dispuestos incluso a… bueno, mejor no les digo.

Para empeorar, Trevorrow y Connolly a menudo apelan al cliché y lo obvio en sus diálogos -“Usted es un hombre mejor de lo que piensa”-; cuando no están martillando al espectador con los temas que ya habían quedado más que claros (el peligro de la manipulación genética). Por otro lado, la película reconoce el error de haber desperdiciado el talento cómico de Pratt en la primera entrega, corrigiéndolo parcialmente en esta.

Bayona rinde homenaje a Spielberg al utilizar una de sus marcas registradas: el travelling que se acerca al rostro de los actores desde un ángulo bajo, mientras éstos miran deslumbrados o impresionados hacia algo fuera de campo, incluyendo incluso el hilo horizontal de luz sobre sus ojos y que rompen las sombras que cubren ligeramente el resto de sus semblantes. Hay algunas referencias a Indiana Jones, pero se las dejaré de tarea.

Sin embargo, Fallen Kingdom no depende sólo de referencias, alcanzando óptimos resultados en varias de sus secuencias de acción creadas a partir de conceptos nuevos, por ejemplo: aquella que comienza con la erupción del volcán y retrata a los héroes en diversas situaciones de peligro, para proseguir en el interior de la biosfera que alberga a Claire y Franklin, la que revela el caos y el peligro que rodean a la pareja. Sin dudas esta es la mejor secuencia de la cinta.

La película explora las posibilidades estéticas de usar tomas amplias para crear planos memorables, dándole elegancia y un terror que también evocan drama o puro suspenso. Es notable, por ejemplo, como la película emplea la lava para iluminar puntualmente un túnel oscuro situado detrás de un personaje, revelando, en pequeñas explosiones naranjas, la silueta de un dinosaurio que se acerca. En otro momento, Bayona y su fiel director de fotografía Oscar Faura, desplazan a la niña Maisie (Isabella Sermon) totalmente a la izquierda, fragilizándola y acorralándola en el canasto de un pequeño ascensor en el que se esconde, después de descubrir algo devastador. Y la ágil y rápida trama no impide que el director haga varios vestigios de Bryce Dallas Howard, que con sus ojos expresivos, los utiliza como premonición de algo. La fuerza del formato se presenta incluso en los cuadros abiertos que contraponen a humanos y animales.

Pero es incluso a partir de la segunda mitad de la proyección que el talento de Bayona viene a la superficie con vigor, permitiendo que el cineasta convierta momentáneamente la franquicia en algo que él sabe muy bien manejar: un terror clásico ambientado en una mansión embrujada. Es allí que la película nos brinda algunas de sus imágenes más memorables, como aquella que sobrepone el reflejo del letal raptor en un panel de cristal, donde vemos reflejada a la pequeña Maisie del otro lado. De la misma forma, el director usa las sombras proyectadas en las paredes para sugerir la aproximación del peligro (una de ellas, envolviendo un caballo de madera).

Como si no bastara, la película también es beneficiada por la excelente pista de Michael Giacchino, que sabe equilibrar entre lo grandioso y lo intimista con maestría, embalando la acción con acordes bombásticos y aumentando el efecto de situaciones dramáticas o apenas melancólicas – como en la escena en que Claire le pregunta a Owen si éste recuerda la primera vez que vió a un dinosaurio. Aquí el tema original de John Williams resurge en delicadas notas de piano.

Desafortunadamente, por su longitud y con un guión que parece no importarle más que recurrir a diálogos sin sentidos y villanos mediocres, la película queda floja; incluso cuando maneja algunos temas inherentes a su filmografía a través del personaje de la pequeña Maisie. La gran pena es que el talento de su director y cinematógrafo está al servicio de un escenario débil.

Jurassic World: Fallen Kingdom es muy superior a su predecesora, aunque peca de hacer caso a decisiones de dos escritores que muy poco saben del tema.

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Rubén Peralta Rigaud nació en Santo Domingo en 1980. Médico de profesión, y escritor de reseñas cinematográficas, fue conductor del programa radial diario “Cineasta Radio” por tres años, colaborador de la Revista Cineasta desde el 2010 y editor/escritor del portal cocalecas.net. Dicto charlas sobre apreciación cinematográfica, jurado en el festival de Cine de Miami. Vive en Miami, Florida.